26
May
11

Son refugiados, no inmigrantes

Artículo de Elpais

Nueva oleada. Llegadas masivas. Alerta: inmigración. Las expresiones de alarma cobran fuerza en Europa. Mientras el efecto dominó de las revueltas en el mundo árabe se extendía, las palabras que empezaron a susurrarse durante la revolución tunecina se han convertido en gritos y golpes sobre la mesa de las cumbres europeas. La llegada de unas 39.000 personas que han atravesado el brazo de mar que separa una orilla del Mediterráneo de otra (unas 15.000 de Libia, menos del 2% de la que han huido del país) ha sido suficiente para que los estados de la UE se pusieran a la defensiva y levantaran la voz ante un posible alud que aún no se ha producido. Mientras miles escapan de Libia, el debate tanto político como público deja de lado un detalle: que es gente que huye de un país en conflicto.

El flujo de desplazados no es comparable al de la antigua Yugoslavia

Los vecinos de Libia en el Magreb dan asilo a muchos más libios que la UE

“Es el primer caso de una crisis de refugiados con el espacio Schengen en marcha. La de los Balcanes fue anterior. En Europa hay ahora instrumentos mucho más protectores y estructurados. Pero un pequeño flujo de refugiados ha puesto en cuestión los principios de la UE. Y si un pequeño grupo pone en cuestión los principios de la Unión es que la Unión no tiene principios”, comenta Ignacio Díaz de Aguilar, miembro del Comité Ejecutivo del Consejo Europeo para los Refugiados y Exiliados (ECRE).

El jurista no se refiere a los Balcanes en balde. Los anales de Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) recogen con precisión los datos de aquella emergencia. En 1995, el mismo año de la entrada en vigor de los acuerdos de Schengen, Europa se encontró con 616.000 refugiados de la antigua Yugoslavia. Alemania acogió a 345.000, 80.000 fueron a Austria, 57.000 a Suecia, 25.000 a Suiza, 15.000 a Francia… Cifras decenas de veces superiores a las que se barajan ahora en Europa y que, por otro lado, no alcanzan las que soportan los estados vecinos de Libia. Unas 850.000 personas han abandonado el país, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU actualizada al 23 de mayo. De ellas, más de 427.000 han huido a Túnez y casi 300.000 a Egipto. Desde enero han llegado a Europa de Libia 15.000 personas (alrededor de 13.600 a Italia y 1.400 a Malta) que se añaden a los 24.000 tunecinos desembarcados a las costas italianas.

El debate en la UE se abrió en principio con la venida de estos últimos. “Hay dos corrientes en los flujos que llegan a la isla de Lampedusa”, afirma Maricela Daniel, representante de ACNUR en España. “En las embarcaciones que partieron desde Túnez han venido sobre todo emigrantes económicos. Se trata de hombres jóvenes, en su mayoría tunecinos, mientras que las de Libia han estado llevando muchas personas de distintas nacionalidades con necesidad de seguridad y protección que se encontraban en el país cuando estalló del conflicto. Entre estas últimas hemos visto casos de personas que estaban trabajando en Libia y no tienen ahora problema en retornar a sus países, mientras que otro grupo numeroso lo componen somalíes, iraquíes o eritreos que habían huido previamente de sus países de origen por persecución o por la guerra y que podrían ser potenciales refugiados”.

“Si se dio esta situación con los tunecinos en un primer momento, la situación posterior es claramente de asilo”, dice Díaz Aguilar. “Y el problema no está en Europa, sino en Egipto y en Túnez”.

La distinción que hacen los expertos parece haberse esfumado en el debate europeo. Cuando Italia reclamó ayuda al resto de Europa frente a la llegada de los tunecinos, Francia contestó con sus cifras de refugiados, y lo que se puso en discusión no fueron las normativas comunitarias relacionadas con el derecho de asilo sino Schengen que, subraya Díaz Aguilar, “nada tiene que ver con esta emergencia”. ¿Por qué se ha hablado de Schengen y no del reglamento de Dublín II, que determina que sea el primer Estado de llegada el que tiene que evaluar las solicitudes? “Dublín II [que la Comisión Europea propuso modificar en 2008] está siendo negociado y esperamos llegar a un sistema de asilo común en 2012”, afirma Marcin Grabiec, portavoz de la comisaria europea de Interior, Cecilia Malmström. “La situación de los solicitantes de asilo que llegan de Libia muestra la necesidad de un sistema más fuerte de inmigración y asilo a nivel europeo para poder ayudar a los solicitantes, pero también a los países miembros que están en primera línea”.

Para Mauricio Valiente, coordinador del servicio jurídico de la Comisión Española de Ayuda a los Refugiados (CEAR), lo que está pasando no es una sorpresa. “No es una novedad que se esté dando una respuesta en términos de rechazo, y esto evidentemente es un gran incumplimiento de la legislación internacional. No solo en términos éticos y políticos. Las personas que huyen por temor fundado a una persecución tienen que tener al menos la oportunidad de reclamar protección”, dice. Y si “en el caso de Libia hay un desplazamiento forzoso masivo”, en el caso de los tunecinos, según Valiente, “puede que la mayoría fueran inmigrantes económicos, pero eso no significa que, teniendo en cuenta la situación en su país, no haya gente que no tenga derecho a solicitar asilo”.

La confusión viene de lejos y se remonta al mismo sistema de control de las fronteras. “Se ha implantado un sistema cada vez más cerrado para impedir que los refugiados lleguen a Europa”, subraya el representante de ECRE. “A través de Frontex [la agencia europea para el control de las fronteras] y de los acuerdos con terceros países, toda la política europea se ha volcado a blindar la frontera. No la nuestra, sino la de los países de tránsito. Establecer de forma indirecta pero claramente consciente el control en países intermedios, diseñado en teoría para impedir el acceso de inmigrantes, supone un impedimento insalvable para los refugiados”.

La historia de François (nombre ficticio) es un ejemplo de los efectos colaterales de la gestión de los llamados flujos mixtos (inmigrantes económicos y refugiados). Sentado en una habitación en un centro de acogida en la zona sur de Madrid, cuenta su periplo durado más de ocho años. Ahora tiene 24. “No recuerdo ni qué edad tenía cuando salí de Camerún. Me habían criado unos vecinos hasta que no pudieron hacerse cargo de mí y empecé a vivir en la calle. Limpiaba coches, trabajaba de lavaplatos, pero la vida era imposible”, cuenta François y añade dos detalles: pertenece a una etnia minoritaria, los bassá, y es gay. “Decidí huir. Pasé por Nigeria, donde me quedé dos meses, al igual que en Malí. Luego fui a Costa de Marfil, Senegal y Mauritania, donde estuve tres años trabajando para conseguir el dinero para llegar a Europa”. Llegó a Las Palmas hace tres años en cayuco. Fue dos años después cuando, hablando con un amigo, supo de la posibilidad de pedir asilo. “Cuando llegué a Canarias, nadie me habló de eso. Si no, lo hubiera solicitado”. En los dos años que pasó entre Madrid y Barcelona, fue detenido tres veces. Su viaje podía haber acabado hace dos años si se hubiera cumplido la orden de expulsión que le impusieron en un control.

Si François ha logrado ver reconocido el estatus de refugiado, miles de personas en los últimos años ni siquiera han podido llegar a las costas de la ribera norte del Mediterráneo. Para Díaz de Aguilar, no se trata de falta de medios, sino de voluntad política. “No es cierto que Europa esté abrumada. Durante la crisis en Canarias se distribuyeron en la península 30.000 personas sin generar ningún conflicto. Nos sobra capacidad de acogida. Europa podría integrar sin ningún problema a 300.000 o 400.000 refugiados”, asegura. Hasta ahora, ante la crisis libia, los países europeos solo se han puesto de acuerdo para reasentar 1.000 refugiados llegados a Malta. “Túnez y Egipto abrieron sus fronteras aun cuando para ambos países la situación actual es muy difícil. De la misma manera que desde ACNUR pedimos que se mantengan las fronteras terrestres abiertas y se atienda a esta gente que sale desesperada, pedimos también que se proteja y asista también a quienes huyen por las fronteras marítimas. Creemos que los países europeos disponen de los medios necesarios para gestionar este flujo migratorio y por lo tanto deben evitar mensajes alarmistas que generan preocupación y miedo en la opinión pública de la Unión Europea”, afirma Maricela Daniel, de ACNUR.

Si hay un ejemplo de cómo la externalización de las fronteras ha tenido efecto en el número de solicitantes asilo, es Italia. La entrada en vigor en mayo de 2009 de los acuerdos para devolución de los barcos a Libia (un país que no había firmado la Convención de Ginebra ni el protocolo sobre el estatuto de refugiados de 1967) redujo drásticamente las llegadas de cayucos al canal de Sicilia. El número de solicitantes de asilo pasó de 30.300 en 2008 a 17.600 en 2009 hasta llegar a 8.200 en 2010. “El Mediterráneo era la vía del asilo. El 75% de las solicitudes presentadas en 2008 en Italia eran de gente que había llegado por mar”, confirma Laura Boldrini, portavoz de ACNUR en Italia. Boldrini subraya que no ha habido devoluciones tras el estallido de la crisis, y avisa de que el número de personas que intenta huir por mar podría aumentar. “Y lo grave de este flujo desde Libia es que los barcos en los que se hacinan centenares de personas no son aptos para el viaje. El objetivo en el mar es salvar vidas humanas”.

La portavoz de ACNUR recuerda la obligación para todos los barcos, comerciales y militares, de prestar ayuda a las embarcaciones en peligro, según establece el derecho marítimo internacional: “En las últimas semanas hemos visto gente a la deriva durante dos semanas”. 1.200 personas han muerto desde el comienzo de la crisis libia intentando cruzar el Mediterráneo. En un solo naufragio de un barco partido de Trípoli el 25 de marzo murieron 63 de las 72 personas a bordo. Tres de los supervivientes han contado a ACNUR cómo vieron pasar de largo una nave y un helicóptero. En la imagen que se publica sobre estas líneas los tres están retratados en un campo de refugiados… en Túnez. En medio de las tiendas en Choucha Camp, donde se alojan unas 4.000 personas y donde las tensiones han causado la muerte de dos personas el pasado lunes, la única presencia de Europa es una camiseta del Barça con el nombre de Villa.

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