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Jun
09

Sin papeles, sin derechos

Artículo de Publico.es

Al caer la noche, un fino colchón de diez centímetros de espesor y 70 de ancho separa los cuerpos de los muelles en las literas del Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Hoya Fría, en Santa Cruz de Tenerife. “La cama es incómoda y la almohada va incorporada al colchón”, detalla Sánchez (nombre ficticio de uno de los policías que custodian el centro). Las autoridades no dan sábanas a los internos para evitar posibles suicidios. Si acaso, alguna manta.

Los agentes de seguridad confiscan también cuchillas de afeitar y mecheros y han realizado “cacheos de acceso con desnudos integrales innecesarios”, denunció el Defensor del Pueblo tras su visita a Hoya Fría en 2006. “No tenía sentido, porque los retenidos llegaban directamente desde dependencias policiales”, señalan fuentes de este organismo.

En condiciones normales, el centro tinerfeño tiene capacidad para 238 internos, ampliable a 326 con una carpa en el patio de hombres, cuando la dirección prevé una posible saturación. Dentro de ella, las altas temperaturas del archipiélago se disparan, especialmente en verano.

“Alguna vez se han llegado a hacinar en el centro cerca de 600 subsaharianos”, dice Sánchez recordando la crisis de los cayucos de 2006. Después de aquel año, la carpa se ha levantado en repetidas ocasiones. Toca apretarse hasta que los vuelos los recoloquen en otros CIE de la Península. La falta de plazas complica los traslados.

‘Chamanes’, los líderes

Para controlar el día a día de los centros, los agentes cuentan con la complicidad de los chamanes (inmigrantes retenidos que actúan como líderes y suelen hablar español). Darles algún alimento extra o una caja de cigarrillos “son pequeños tributos que ayudan a evitar conflictos”, relata Sánchez. Son formas de ganarse la complicidad de algunos internos y minimizar el riesgo de fugas o motines, una de las funciones de los agentes de seguridad.

Al realizar el viaje en patera o en cayuco sin familiares, las visitas a los internados no son tan frecuentes como en los CIE de Madrid, Barcelona, Valencia o Murcia. En estos hay entre 20 y 30 nacionalidades distintas, con más presencia de latinoamericanos, asiáticos y europeos del Este, asentados con sus familias. En Hoya Fría, la ausencia de colas de visitantes hace que la dirección permita que las entrevistas duren más de los 30 minutos legales. Otro modo de mejorar las relaciones con los internos. Pese a estar todos los centros regulados por la Ley de Extranjería, el Gobierno de cada CIE depende de su director y los agentes. Y Hoya Fría no es menos.

“Buscar a un inmigrante en un CIE entre cientos de internados es una locura. Nadie te hace caso porque están viendo Gran Hermano o lo que sea. Pero si les apagas la televisión y amenazas con no volver a encenderla, te lo sacan a la primera”, relata Olga Orea, miembro de la Confederación Española de Policía (CEP).

Sin embargo, estas medidas no son las que más preocupan a las ONG, que critican la falta de espacios de sombra, de salubridad y limpieza del centro. Además, las organizaciones coinciden en criticar que se requisen los teléfonos móviles de los internos y se les separe por sexos, medidas que carecen de cobertura legal y no resultan justificables por motivos de seguridad, a su juicio.

Mayoría de subsaharianos

Por su cercanía a África, en Hoya Fría el 90% de los internos son subsaharianos interceptados en el mar o en municipios del archipiélago. En el patio, el árabe y el francés de los africanos reinan sobre el español y suelen necesitarse traductores, aunque la buena voluntad de los retenidos suele sustituirles. El papel de los chamanes vuelve a ser importante.

La mayoría de los africanos llega vestida con un pantalón sobre otro, varias camisetas y pares de calcetines. Era su equipaje en el cayuco. Para los que entran en el recinto con menos fondo de armario, el centro tiene un almacén de ropa, parte de ella procedente de donaciones.

La dirección del CIE los ubica en los dormitorios en función de la embarcación y fecha de llegada. No obstante, ellos prefieren relacionarse con sus compatriotas. Entre rejas, también se hacen visibles las rencillas entre nacionalidades, como es el caso de los marroquíes, que evitan a los argelinos.

Escéptico, aunque consciente de que existen denuncias por malos tratos, Sánchez asegura que sería incapaz de golpear a un retenido: “Viendo el estado de esas personas, es de locos hacer algo así. Por las noches la cabeza te da muchas vueltas.”

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