25
Feb
09

Todo el mundo quiere volver a la tierra que le vio nacer

Fuente: Elperiodico.com /Jose García Barahona

He pasado varios días hablando con grupos de mujeres en los campos de refugiados de Darfur. Como viven allí desde hace años, los campos tienen apariencia de pueblos. Han recuperado sus estructuras locales, y con la ayuda de las oenegés y Naciones Unidas han conseguido que haya agua (de eso nos encargamos en Intermón Oxfam), distribución de alimentos, puestos de salud y escuelas. Aparentemente son pueblos normales, a excepción de la aglomeración de personas. Pero esta apariencia desaparece cuando, bajo la sombra de uno de los escasos árboles que hay en la zona, te sientas a charlar con la gente que vive ahí.

Una mujer de Darfur me cuenta: “Nos empezaron a robar el ganado. Venían hombres armados, montados a caballo o en camello y nos robaban nuestros animales, no podíamos hacer nada. Luego volvieron durante la época de la cosecha y se llevaban lo que habíamos recogido. Un día aparecieron varios hombres armados en coches y camellos, empezaron a disparar y a quemar las casas. Me escondí junto a mi familia en casa, pero de repente empezó a arder. Salimos todos corriendo y nos encontrarnos con que fuera había disparos; mataron a mi padre y a dos de mis hermanas. Me escondí en los arbustos hasta que llegó la noche”.

Varias de las historias que me cuentan son iguales.  Son un grupo de 18 y todas han perdido a alguien de la familia: el marido, el padre, los hijos o varios a la vez. Todas cuentan cómo de día se escondían y andaban por la noche en dirección a la frontera con Chad. Vienen de distintos pueblos de Darfur, pero todos los que llegaron hasta aquí tardaron unos tres días en hacer el camino. Una mujer me cuenta que lo que peor recuerda, lo que fue más difícil de superar, más aún que el miedo y que el hambre, era la sed. Anduvo tres días por el desierto sin beber agua. Fue lo primero que pidió al llegar a la frontera con Chad.

Todo el mundo llegó aquí hace cinco años. Venían literalmente con lo puesto, sin nada más. Sus animales, sus herramientas de trabajo, su ropa, los cacharros para cocinar, sus esteras…. lo poco que tenían se quedó en Darfur. Ahora, se podría decir que “no les falta de nada” en el campo de refugiados, pero hay algo que no han recuperado: la autoestima, el sentirse útiles y poder producir su propia comida. Recuerdo que hace tiempo, Salil Shety, Director de la campaña de los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas me dijo que cuando alguien tiene que recibir alimentos para poder comer él/ella y su familia, su dignidad queda por los suelos.

En uno de los campos que visito, un hombre joven espera que acabe mi reunión con el grupo de mujeres y viene hacia mi. Me habla en un inglés bastante incomprensible, pero sus palabras me llegan airadas: está harto de estar allí, es joven, está sano y tiene fuerza, quiere trabajar, puede y quiere ganarse la comida por él mismo, no quiere depender de distribuciones. Me dice que estando aquí metido no se siente persona.

Lo único que les devolverá su integridad es volver a su tierra. Aquí en Chad son refugiados, pueden quedarse y son atendidos, pero no son ciudadanos chadianos: no pueden alejarse más de cinco kilómetros del campo donde viven, no pueden trabajar y la poca tierra fértil que hay (esto es el Sahel, aquí no sobran las hectáreas cultivables) está en manos de la población local.

Sólo pueden esperar. Esperar que las cosas se arreglen al otro lado de la frontera, aunque las noticias que les llegan a través de los nómadas y los comerciantes que acuden a los mercados de la frontera no son muy esperanzadoras. El conflicto en Darfur continúa.

A pesar de ello y de la pesadilla por la que han tenido que pasar hasta llegar aquí, siempre tienen una sonrisa a punto de boca. En todas las reuniones, después de acabar los relatos, ya en tono más distendido, siempre me preguntan algo o sale alguna chorrada con la que todo el mundo se parte de risa. Las mujeres que veis sonriendo en la foto son uno de esos grupos de refugiadas a las que mataron a sus familias. Llevan cinco años metidas en los campos de refugiados y no hay perspectivas de poder volver en el corto plazo.

Me reúno con un último grupo y les preguntó, un poco provocativamente, por qué quieren volver si en el campo tienen agua, escuela, puesto de salud, distribución de alimentos y de utensilios de cocina (muchas de estas cosas no las tenían en sus pueblos de origen). Un anciano, se levanta, y muy seriamente me contesta: “Sólo un loco no quiere volver a la tierra que le vio nacer”.

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